El relato iberista de ficción “El Quinto Imperio” se difunde por Brasil

La versión traducida al portugués por el escritor brasileño Diógenes Carvalho se difunde por redes sociales en Brasil, especialmente en círculos donde se estudia la historia el Brasil Colonia y el Imperio de Brasil. El punto donde se modifica el rumbo de la Historia, momento donde empieza la ucronía, se puede explicar, como dicen los autores de abajo, de dos formas: Joao VI decide quedarse en Brasil o el príncipe Pedro decide volver primero a Portugal. Ambos en la Historia real acabaron yendo. Primero fue Joao y después Pedro.

Relato en portugués

Relato en español

¿Habrá aborto constitucional de la República Catalana? Reflexiones desde el iberismo sobre el rupturismo, el constitucionalismo y los indecisos

Hay algo de mérito en las fuerzas independentistas rupturistas catalanas: han conseguido transformar un acuerdo programático en una legalidad rupturista alternativa que aspira a tener más apoyos que la legalidad constitucional. En dicha pugna de legalidades, la legalidad rupturista sólo cuenta con fuerza social, puesto que no tiene fuerza jurídica, militar o geopolítica. En términos sociales hay un empate de fuerzas entre independentistas y no independentistas. No obstante, el poder movilizador da ventaja al lado independentista. Por último, no hay que olvidar la existencia de un tercer espacio indeciso, representado por los Comunes, que quieren transformar el status quo constitucional.

El hecho revolucionario rupturista es parejo al hecho constitucional que deja claro que en ningún caso es posible un referéndum vinculante dentro de la constitución española. Además de no vinculante, la constitución reitera que deben participar “todos los ciudadanos”. Por tanto el gobierno español no puede convocar referéndums vinculantes, ni sólo para una CC.AA. Para hacerlo posible tendría que haber una reforma constitucional por la que se requiere 2/3 de diputados. Tampoco la legalidad internacional avala el derecho a la autodeterminación a núcleos poblacionales que no sean colonia o no sean objeto de un exterminio. Una aplicación interesada de la legalidad internacional sólo es posible con padrinos. Pero los primos de zumosol, en el actual escenario, están ausentes.

iberisme

La constitución es la ley de leyes que marca las reglas de juego. Ésta funciona siempre que la fuerza material de un Estado se imponga a otras fuerzas opuestas. En el plano de la legitimidad, siempre que haya un núcleo poblacional donde una legalidad alternativa concite más apoyos que la constitucional, ahí el Estado tendrá problemas de gobernanza y puede traducirse en un problema de oposición de fuerza material, e incluso, en un ulterior escenario de guerra civil.

Más allá de la batalla en el teatro política, cuando la política pide cada cierto tiempo anclarse en la realidad para dar un respiro a la ficción de los relatos, cada partido debe enfrentarse a los hechos. Y este es uno de esos momentos. Casi todos los partidos están posicionados salvo Podemos y los Comunes.

Difícilmente una izquierda rupturista de verdad, me refiero a Podemos y a los Comunes, puede oponerse a un referéndum o rebajarlo a “movilización”. Votar “no” a la República Catalana, no sólo no llega a un ejercicio de papanatismo democrático, sino que pone en evidencia su supuesto “rupturismo”. A la sazón, la República Catalana sería el cuarto Estado ibérico y la segunda república ibérica, después de Portugal. Podemos e Izquierda Unida están haciendo unos malabarismos vacíos de contenido, puesto que no hay una mejor correlación de fuerzas para las izquierdas en España. Sólo es explicable porque empeoraría la correlación de fuerzas del resto de España, aunque ya llevamos unos años donde la izquierda catalana independentista no cuenta para mayorías parlamentarias. Un “referéndum vinculante”, reivindicación de ambas formaciones, por encima de la constitución española, sólo tendría sentido en el marco de la prevención una incipiente guerra civil, donde instancias internacionales intervinieran para pacificar la situación. Afortunadamente todavía no estamos en dicha situación.

De momento España sigue siendo un Estado de derecho con una constitución refrendada mayoritariamente y con fuerza suficiente para imponer el orden jurídico en Cataluña. Habrá quien diga que esa imposición puede dar balones de oxígeno al independentismo, no obstante, también puede quitárselos si la vía revolucionaria no ofrece resistencia, por lo que daría alas a una salida reformista en el marco constitucional. Es ahí donde, ante la ausencia de Unió, sean los Comunes quienes estén llamados a liderar la pacificación, y en definitiva, a dotar de una salida política tras frustración por la derrota del independentismo, pero no lo tendrán fácil por sus diversas bases sociales y sus malabarismos políticos. El iberismo, en su mundo de los Comunes de soberanías compartidas, podría encajar para una nueva hoja de ruta catalana.

El mayor peligro de la hipótesis la nueva República catalana, desde le perspectiva iberista, es el trauma histórico y el comienzo de vivir de espaldas, que sería una vuelta de tuerca a la ausencia de diálogo y la renacionalización de Cataluña, que por los términos que se plantean, no se trata de buscar una nueva relación estratégica con el resto de pueblos ibéricos. Sería andar el camino que han comenzado a desandar España y Portugal. Aparecerían un sinnúmero de desventajas y una guerra de “putadas” mutuas.

Salvo alguna pequeña mención iberista de Joan Tardá en un artículo, no está encima de la mesa el iberismo catalanista del primer tercio del siglo XX, sino una huida hacia una Europa donde no se les espera.

Los iberistas, que buscan mayorías sólidas para su proyecto de Iberia, no pueden estar a favor de proyectos de fragmentación internos sin marcos ibéricos unitarios, leales y solidarios. Mejorar el espacio de convivencia común llamado España en clave de plurinacionalidad y plurilingüismo ibérico en todos los rincones de este país, especialmente en la región central/continental/castellana, es y será la solución para España y para Iberia. Mirar en el espejo de Portugal nos ayudará a entendernos mejor y, por otro lado, Portugal podría jugar un buen papel de árbitro interno peninsular. Ese juego de comprensiones, seducciones y lealtades mutuas debe ser construido con una nueva visión nacional y global.

En ese proceso constituyente podrá haber todo tipo de reestructuraciones, hasta las más radicales, pero desde la lealtad de las partes. Los iberistas estamos preparados ante cualquier resultado político del proceso catalán. La concordia ibérica entre las partes siempre será la tarea política del iberismo.

Pablo González

SE PUBLICA UN RELATO IBERISTA DE FICCIÓN AMBIENTADO EN EL AÑO 1821

Este blog publica el relato “El Quinto Imperio. Una ucronía del año 1821”, escrito en enero de 2017. A pesar de estar encuadrado en el género de ficción, el relato es una ucronía. “Ucronía” es, según la RAE, la “reconstrucción de la historia sobre datos hipotéticos”.

Este relato reconstruye, bajo una hipótesis modificada, el primer intento de unión constitucional de los reinos de España y Portugal. La licencia que se permite el autor es que en lugar de João VI, rey de Portugal, será su hijo Dom Pedro quien vuelva de Rio de Janeiro a Lisboa tras la revolución liberal de Oporto en 1820 para asumir las riendas de la caótica situación política. Este detonante hará cambiar la historia. Una hipótesis que casi se produjo.

Dom Pedro fue un príncipe, de sangre lusoespañola, hijo de un rey portugués y de una infanta española. Los personajes, lugares y procesos políticos son todos reales. Su libre y creativa combinación y resolución son responsabilidad exclusiva del autor. Se trata de un relato de ficción, con toques de humor ácido y surrealista, sobre la base de una amplia investigación histórica.

El relato está ambientado en el convulso año de 1821 donde todavía la constitución de Cádiz era un faro para los liberales ibéricos. El narrador (ficticio) es un célebre militar portugués de gran determinación y sentido iberista llamado Saldanha.

Este relato tiene una versión original en español, escrita por Pablo González Velasco, y una versión traducida al portugués por el escritor y poeta brasileño Diógenes Carvalho Veras, al que agradece su profesionalidad, generosidad y las muchas horas de productivo debate.

Su título nos habla del “Quinto Imperio”, una profecía mesiánica portuguesa que augura un renacimiento del primer Portugal de los descubrimientos. El relato lleva moraleja política. El autor espera que les guste.

EN ESPAÑOL:

https://estadoiberico.wordpress.com/2017/07/03/el-quinto-imperio-una-ucronia-del-ano-1821-relato-de-ficcion/

EN PORTUGUÉS:

https://estadoiberico.wordpress.com/2017/07/03/o-quinto-imperio-uma-ucronia-do-ano-1821-relato-de-ficcao/

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Cortes Gerais e Extraordinárias da Nação Portuguesa en el Palacio das Necessidades

O QUINTO IMPÉRIO. Uma ucronia do ano 1821 (Relato de ficção)

O majestoso e cortante som da afiada guilhotina ao cair sobre uma cabeça representava um pesadelo para os reis que ainda governavam durante o agitado ano de 1821. Ninguém estava a salvo desse invento. Nem mesmo os verdugos!

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Ejecución de Luis XVI de Francia

Os reis, intimidados, se viam forçados a diminuir seus próprios poderes antes que a burguesia adotasse os ideais republicanos. A sociedade já não era a mesma. A fumaça dos barcos a vapor e os livros produzidos pela imprensa livre começavam a circular nos portos. A ciência, o comércio e as sociedades secretas, a exemplo da maçonaria, eram como aríetes destruindo o decadente Antigo Regime. E nesse meio-tempo surge Napoleão, cavalgando a Revolução Francesa com a missão imperial de dominar a Europa. Um Portugal anglófilo, por questão de sobrevivência, começa a acumular injúrias vindas de uma Espanha francófona devido a sua subserviência. Primeiro foi a anexação de Olivença, logo seguida do apoio espanhol à ocupação napoleônica de Portugal e a sua tentativa de torná-lo um mero botim. Mas afinal foi Paris quem não pagou aos traidores, e as tropas francesas entronaram o irmão de Napoleão como rei espanhol. Mesmo assim a generosidade portuguesa ajudou a recuperar o território espanhol durante a guerra peninsular contra Napoleão e logo ambos se viram recompensados por aquele maravilhoso artefato político chamado Constitución de Cádiz, que, apesar de conter aspectos anarquistas, era como uma espécie de bíblia liberal. Emergia assim a primeira geração luso-espanhola, forjada nas trincheiras peninsulares do liberalismo.

promulgacion-de-la-constitucion-de-1812-en-cadiz_f8399ec9As colônias espanholas e portuguesas sofrem, então, mudanças drásticas, mas tomam caminhos diferentes. Enquanto a família real espanhola havia ficado confortavelmente refém de Napoleão, a portuguesa pôde fugir para o Brasil numa viagem em condições muito precárias, juntamente com os nobres e também os funcionários da corte, além de levarem com eles a Biblioteca Nacional. Transformando uma necessidade em virtude, conseguiram manter a unidade territorial brasileira, cuja dimensão continental se deve ironicamente à dinastia Filipina. Longe das guilhotinas europeias, a amedrontada corte portuguesa se sente confortavelmente instalada num fértil continente prenhe de riquíssimos recursos naturais. Não possuía o refinamento europeu, mas bastava abrir as janelas para deleitar-se com a ópera da própria natureza.

Príncipe_Regente_de_Portugal_e_toda_a_Família_Real_embarcando_para_Brasil_no_cais_de_BelémTraslado de la corte portuguesa a Brasil (1807), huyendo del ejercito napoleónico

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Dom Pedro

O rei João VI, embriagado de amor pelo Brasil, fez com que a colônia se transformasse em metrópole. Para o príncipe Dom Pedro, a única coisa que fascinava mais do que o Brasil era a figura de Napoleão. Graças a ele, estavam ali. Era um imperador do povo, uma posição com a qual ele sonhava e que tentava imitar. Dom Pedro, tal como Napoleão e eu, se considerava um liberal conservador, partidário das cartas constitucionais outorgadas.

Treze anos sem rei, sem corte e sem o maná brasileiro foram suficientes para desatar a Revolução do Porto, de 1820, que pôs fim ao paradisíaco sonho brasileiro da família real. A Revolução pede o seu regresso. Pela primeira vez na história, Espanha e Portugal dão as mãos com regimes liberais. Cantam o Himno de Riego com sotaque português, repartem entre si Constituciones de Cádiz e debatem a União Ibérica. As Cortes Liberais de Lisboa ordenam, em janeiro de 1821, o imediato regresso da corte absolutista do Rio de Janeiro. A esposa despeitada do Tejo desafiava a menina bonita da Guanabara.

800px-Portuguese_Cortes_1822Cortes Gerais e Extraordinárias da Nação Portuguesa en el Palacio das Necessidades

Involuntariamente, esse desafio revolucionário serviu de exemplo para os liberais tropicalizados. Organizou-se o Partido Brasileiro, enquanto João VI foi obrigado a jurar a Constitución de Cádiz. Durante o dia, o rei, com fama de timorato, suportava múltiplas pressões vindas de direções opostas, fazendo-o confundir-se ainda mais. Porém, à noite, sofria sempre o mesmo pesadelo: a repetição contínua do majestoso e cortante som da afiada guilhotina caindo sobre a sua cabeça, e um Terreiro do Paço, em Lisboa, empestado de gente.

— Digam ao povo que eu fico no Brasil, e fim de papo! —assim foi como o temor do rei João VI fez com que o príncipe herdeiro Dom Pedro se virasse sozinho, mudando o rumo da história.

O conde Palmela, grande baluarte da diplomacia portuguesa, apoiou a decisão porque sabia que as revoluções deviam ser cavalgadas, lideradas e reconduzidas, tal como tinha feito Napoleão, mas o rei já estava velho para poder realizar uma empresa de tamanha envergadura. Alargar a ausência da família real poderia precipitar uma anexação jacobina espanhola.

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João VI e Carlota Joaquina

Então o rei encomendou à rainha Carlota Joaquina, sua esposa, uma sondagem ao irmão dela, o rei espanhol Fernando VII, sobre a possibilidade de trocar territórios espanhóis com o mandarinato português instalado no Rio de Janeiro: Cuba por Portugal continental. Carlota ambicionava mais. Queria reeditar a União Ibérica de 1580. A encomenda do rei, na realidade, era um pretexto para afastar a rainha, pois tinha o pressentimento de que ela o envenenaria se a sua morte a beneficiasse.

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Paço de São Cristóvão

No dia 23 de fevereiro, Carlota, Palmela e o Príncipe embarcaram no cais do Largo do Paço, no Rio de Janeiro, com destino à antiga metrópole. A princesa Leopoldina, a ponto de dar à luz, permaneceu no recém-ocupado Palácio Real de São Cristóvão.

morro de sao bentoCom 22 anos e passeando o seu olhar pelo Morro de São Bento, Dom Pedro chorava desconsoladamente pela saudade que sentiria do Brasil, ainda que naquele momento fingisse que as lágrimas fossem por conta da sua esposa. Por um momento aquela tristeza se transformou em medo e angústia diante da incerteza revolucionária europeia. E naquele instante o rei brindou um último conselho a seu filho:

— Se Portugal se separar, que seja teu antes de cair nas mãos de um aventureiro luso-espanhol qualquer. Vindos de Castela, nem bom vento e nem bom casamento.

O Príncipe levava debaixo do braço o Decreto de 18 de fevereiro de 1821, no qual se anunciava a sua presidência nas cortes de Lisboa, cuja jurisdição ficaria reduzida ao continente. De fato, o rei convocara os representantes do Brasil, de Açores, da Madeira e de Cabo Verde para as cortes nacionais no Rio de Janeiro, abrasileirando, assim, as possessões do ultramar.

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Vapor de Cachoeira

As fragatas tradicionais tardavam dois meses para cruzar o Atlântico, portanto qualquer decisão demoraria esse mesmo tempo. Isso dificultava a governabilidade e impossibilitava um centralismo revolucionário a partir de Lisboa. Mesmo que já existissem barcos a vapor, como o que ligava Cachoeira a Salvador, ainda não eram utilizados para atravessar o Atlântico. Caso fossem, o tempo da travessia se reduziria pela metade.

Com instruções precisas, o encarregado dos negócios do governo liberal espanhol, José Maria Pando, havia se instalado em Lisboa um ano antes. O seu chefe era Evaristo Pérez de Castro, homem de grande prestígio no governo espanhol e que tinha sob sua responsabilidade a redação da La Pepa, a volta dos afrancesados e a convicção de que as línguas de Camões e Cervantes eram destinadas a se aliarem devido as suas singularidades, por serem pluricontinentais e reciprocamente compreensíveis. As instruções formavam um conjunto de ações com a finalidade de que os povos espanhol e português “conformassem uma só e poderosa nação”. As lojas maçônicas de Madri, Lisboa e Rio de Janeiro buscavam um militar liberal português que dominasse o castelhano e tivesse uma folha impecável de serviços para fazê-lo governador da península. Eu era um desses candidatos. Quem escreve estas linhas, a modo de memórias, é João Carlos de Saldanha. Nasci em 1790 no seio de uma família ilustrada liberal, porém conservadora, por pertencer à nobreza. Não é por ser neto do marquês de Pombal que sou brigadeiro. Eu consegui essa posição a muito custo após me transformar no militar português mais condecorado da guerra peninsular contra Napoleão.

Cabildo_Montevideo1858Em fevereiro de 1821, um emissário chegou ao Cabildo de Montevidéu com uma carta real. Era o rei me felicitando por eu haver contido os independentistas rio-platenses, além dos guerrilheiros de Artigas na Banda Oriental, porém me pedia que eu fosse ao Rio de Janeiro para poder me encomendar uma nova missão. Cheguei uma semana mais tarde a Paciência, onde me hospedei. O lugar era assim chamado porque a Guarda Real cultivava muito essa virtude no local, esperando por horas a fio até que o rei terminasse com as suas amásias na fazenda de Santa Cruz.

sta_cruzNa manhã seguinte, recebeu-me e me informou sobre o plano já em execução. Ele queria que o seu filho tivesse apoio militar para poder conter o jacobinismo. Sentia-me tranquilo sabendo que Palmela atuava como conselheiro particular, longe de José Bonifácio, que não parava de azucrinar o juízo do impetuoso Príncipe. O rei colocou a minha disposição cinco companhias para a expedição militar: três do Rio de Janeiro, uma de Vila Rica e outra de Cachoeira. As duas últimas acumulavam um rancor anti-português, pelo ouro saqueado e os altos impostos que custearam a reconstrução de Lisboa depois do fatídico terremoto. As do Rio eram tropas simpatizantes da Revolução Liberal. O rei, simplesmente, queria se livrar delas. Tiveram de convencê-las de que Portugal queria se separar para se transformar numa república, uma questão que naquele momento não deixava de ser uma mentira. Partiríamos o quanto antes do cais de Valongo, fetidamente célebre pelo odor de carne podre dos escravos que não haviam sobrevivido à infame viagem para logo serem vendidos.

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O Rio de Janeiro estava em efervescência: elegantes lojas na rua do Ouvidor, agitados cafés na rua da Direita e sórdidas tavernas, como todo porto que se preze. Chalaça, o amigo boêmio do Príncipe, nos esperava na fragata com doze concubinas para Dom Pedro. Era uma ordem do rei. Mulheres tipicamente brasileiras, frutos da mistura luso-afro-indígena, parecendo as princesas mouras das lendas medievais. Voluptuosas criaturas mitológicas de beleza superior às portuguesas. E, a julgar pelas suas dentaduras, mãos e seus sorrisos, eram superiores àquelas em saúde, habilidade e felicidade. Centauros femininas de inocente olhar e da cor de canela, dotadas de finas cinturas e incomensuráveis nádegas. Protuberâncias que vibravam como gelatina. Era tudo tão pecaminoso que uma simples olhada bastava para que se caísse rendido incondicionalmente. E muitas sabiam usar essa arma a seu favor. E o faziam bem. Se essas Evas brasileiras se juntassem, poriam o mundo debaixo dos seus pés. Esse seria o Sexto Império: o matriarcal.

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A fragata de Dom Pedro nos adiantava em onze dias. Antes de partirmos, aproximou-se de nós um grupo de escravos que frequentavam a Pedra do Sal, um lugar sagrado onde se interpretavam músicas ancestrais africanas. Propuseram juntar-se a nós se concedêssemos as suas liberdades, e ante à falta de tropa eu aceitei. Vinham da Bahia e alguns deles eram muçulmanos bastante cultos. Eram conhecidos como malês, porém se faziam chamar nagôs.

campeo portuguesO príncipe, segundo me contou Palmela, aproveitou a travessia para ler o jornal O Campeão Portuguez, dirigido por José Liberato e onde se afirmava: “Portugal e Brasil são duas nações de fato. Somente a força das armas pode submeter uma à outra. E Portugal não tem força e nem dinheiro para submeter o Brasil. Antes de se converter em colônia do Brasil, Portugal deve aceitar a sua inevitável derrota e apostar defensivamente por uma união luso-espanhola constitucional. Só o reencontro do gênio peninsular pode manter acesa a chama da esperança de se recuperar, algum dia, o controle dos nossos velhos impérios”. Esse pensamento impactou Dom Pedro, e o surpreendeu a boa impressão que se tinha em Portugal acerca do novo governo liberal espanhol. O príncipe percebeu que deveria antecipar-se aos acontecimentos.

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Pedro de Sousa Holstein, Duque de Palmela.

Palmela dizia que, comigo no governo e com Dom Pedro como regente, por ter este sangue de Bragança e Bourbon, poderíamos derrotar tanto o absolutismo quanto os setores mais jacobinistas. Por fim, o príncipe se convenceu de que sua missão era conquistar o trono peninsular quando ouviu da boca de Palmela algumas palavras de Napoleão: “O monarca legítimo que assumisse cordialmente o compromisso da causa popular ditaria infalivelmente a lei”. Mas a vontade de Dom Pedro não era suficiente. Necessitávamos de um milagre para tirar Fernando VII do nosso caminho. Chegando a Lisboa, Palmela encontrou a fórmula no jornal El Español Constitucional, editado por Fernández Sardinó. A notícia falava sobre o Plano de Iguala de Agustín de Iturbide, inimigo de Cádiz e nova máxima autoridade do Vice-Reinado da Nova Espanha, que tinha solicitado a Fernando VII que assumisse o reinado do novo Império Mexicano. Se o rei espanhol aceitasse o trono americano, limparia o caminho para que Dom Pedro chegasse à regência peninsular. O príncipe implorou a sua mãe, Carlota, para que o apoiasse em seu plano. Afinal, tratava-se de conseguir a União Ibérica, que ela havia tentado anos antes em Cádiz, quando o próprio Palmela postulou-a como regente espanhola. Carlota deu a sua aprovação pensando provavelmente nas ulteriores conspirações absolutistas ou simplesmente porque isso ajudaria a destronar o seu pusilânime marido.

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Quando Dom Pedro desembarcou em Lisboa, o sebastianismo se manifestou, e o povo se enamorou do príncipe. Não havia guilhotina lhe esperando, como nos pesadelos do rei. Pando, representante do governo espanhol, estava na primeira fila. Sem demora, Pedro jurou sobre as bases da constituição portuguesa, pela constituição de Cádiz e honrou a Gómes Freire, herói contra os franceses e mártir contra os ingleses. O príncipe anunciou que o rei não aceitava a soberania das Cortes de Lisboa. Ante os ecos do murmúrio da multidão, montou num cavalo, desembainhou sua espada e gritou:

— Infelizmente hoje em dia Portugal é um Estado de quarta categoria, mas eu juro que o tornarei grande outra vez. Continuaremos escrevendo as glórias dos Lusíadas. Em nome do meu sangue, da minha honra e do meu Deus, eu juro dar a Portugal a sua liberdade… Independência ou morte! —assim foi como Dom Pedro ganhou a simpatia do povo português.

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Palácio da Bemposta, Lisboa.

A galope, foi até o Palácio da Bemposta, lugar onde se reuniria primeiro com José Maria Pando e depois com o governo da Regência. Houve uma conexão total com Pando. Era nosso homem, um autêntico fazedor de acordos. Espanhol, nascido no Peru, trocava cartas com Bolívar, seu amigo de infância, e San Martín, meu companheiro durante a guerra peninsular contra as tropas napoleônicas e partidário de entronar um príncipe europeu constitucional numa América hispânica unida. Mas essa seria uma tarefa para mais tarde. Nos urgia traçar o plano peninsular. Pando disse que a Galiza era um lugar adequado, porque o comandante militar dessa região era Espoz y Mina, um grande admirador da Casa Bragança. Concordou-se em se fazer as negociações e a assinatura dos acordos em Santiago de Compostela.

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Palacio de Aranjuez

Carlota tinha ido para Aranjuez a fim de convencer o rei espanhol Fernando VII, seu irmão. Com certa incredulidade, o governo da Regência vintista aceitou um governo liberal-conservador-iberista após um emotivo discurso de Fernando Tomás, fundador do Sinédrio. Essa sociedade secreta foi a responsável pela revolução do Porto e a expulsão do repressor inglês Beresford. No Palácio das Necessidades, as cortes se reuniram e proclamaram Dom Pedro IV como o novo rei de Portugal, além da segunda restauração da independência. O Porto o nomeou Defensor Perpétuo de Portugal, deixando uma sensação de déjà vu entre os deputados luso-brasileiros, que pegaram o primeiro barco com destino ao Rio de Janeiro. Quando estávamos nos aproximando de Lisboa, topamos com o barco dos deputados. Cipriano Barata me mostrou os novos decretos que eles levavam para João VI. Reagi com surpresa, mas rapidamente identifiquei a genialidade da estratégia de Palmela. A informação circulou entre as cinco fragatas, e as tropas ficaram coléricas. Umas consideraram a independência portuguesa uma afronta ao orgulho luso-brasileiro, outras, ao português. Em qualquer caso, afrontas a João VI deviam sempre ser vingadas com crueldade, sanha e escarnio.

escravos

Não consideravam Dom Pedro como traidor, porque acreditavam que ele tinha sido sequestrado e que o obrigavam contra a sua vontade. No meio da confusão, a fragata na qual iam os malês desapareceu no horizonte. Com uma ousadia haitiana, haviam posto o seu rumo em direção ao Golfo de Guiné. Regressavam à terra de onde haviam sido arrancados. Não tinham o que fazer em Portugal. Consegui dominar a minha fragata, porém o restante ficou fora de controle. Fomos os primeiros a chegar em Lisboa a fim de evacuar o novo rei Pedro IV para que não fosse capturado pela iracunda esquadra luso-brasileira. As tropas não tinham número suficiente para garantir uma ocupação tupiniquim de Portugal. Depois do carnaval chegaria a calma. Dom Pedro chorou quando viu o seu amigo Chalaça, mas se maravilhou com o séquito das mulatas.

CAMINO PRIVILEGIADO COUTO MIXTO
Caminho Privilegiado, Couto Mixto

Fugimos para uma casa dos Bragança, em Tourém, fronteira com a Galiza, onde nasce um caminho privilegiado que corre paralelo ao rio Salas e vai até Couto Misto, um microestado de fato, entre Espanha e Portugal. Era o melhor lugar para passarmos despercebidos e podermos nos reunir com os espanhóis até que a situação sossegasse. Pindorama se dispunha a se vingar do colonialismo Lusitano. A reviravolta estava em marcha. A primeira vítima dos invasores foi o Convento de Mafra, construído com o ouro do Brasil. Sua valiosíssima coleção de livros foi confiscada. Acreditando que os seus hóspedes eram jesuítas, um grupo de caboclos sodomizou erroneamente os seus moradores franciscanos. Contra os que nada tinham contra. Capoeiristas corriam atrás dos vintistas pelas empinadas ladeiras de Lisboa. O Castelo do Belmonte, da família do descobridor do Brasil, Álvares Cabral, se converteu num quilombo, onde se comia moqueca e se praticava o candomblé. Em nome de Tiradentes foram ocupados palacetes e desvirginadas as filhas dos mais renomados nobres lusos.

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Padrão do Salado, Guimarães, Portugal.

Em Guimarães, um grupo de baianos profanou a cruz do Padrão do Salado, um dos símbolos do berço da nação portuguesa, com a finalidade de colocá-la na igreja de Nossa Senhora da Ajuda, em Cachoeira, berço da nação brasileira. Na Universidade de Coimbra, alunos luso-brasileiros, entre os quais se destacava Jê Acaiaba de Montezuma, um dos primeiros líderes abolicionistas e defensor dos índios, sequestraram os seus professores para poderem fundar a primeira Universidade do Recôncavo Baiano. Depois do saque, as tropas luso-brasileiras levaram o seu botim para o Brasil. Carlota, já no Palácio de Aranjuez, tentou convencer Fernando VII de que era o momento de reeditar a monarquia hispânica, porém deixando como herdeiro o filho dela, Dom Pedro. Ambos rezaram pelo falecimento da primeira e única descendência do rei espanhol, Luísa, fruto do seu casamento com a irmã de Dom Pedro, Maria Izabel de Bragança, já falecida. A homenagem de Carlota comoveu Fernando VII. Sentia a colossal dívida que tinha com os Bragança. Sem descendência, sem honor e sem império, Fernando VII estava afundado e então declarou solenemente:

— Marchemos pela trilha peninsular. Uma Espanha reconciliada com Lusitânia será muito mais poderosa que a Inglaterra, a França e os Estados Unidos. E o meu sobrinho Dom Pedro IV é quem melhor encarna essa reconciliação. Por tudo isso, eu o nomearei regente e sucessor. A urgência mais peremptória é o meu dever sagrado. Não abandonarei os meus exércitos. Vou para a América, tal e como fez Dom João VI, e assumirei o trono da Nova Espanha.

Saldanha
Marechal (mariscal) Saldanha

Sem outro remédio, os liberais luso-espanhóis fizeram Fernando VII rei das Espanhas, Hispaniarum Rex, incluindo Portugal, em troca da regência do seu sobrinho Dom Pedro. O rei queria vetar a minha presença, mas isso era impossível. Assumi a direção do governo peninsular, junto com Palmela, Mendizábal, Mouzinho da Silveira, Iglesias González, Torrijos, Anduaga Cuenca, Canga Argüelles, Díaz Morales, Juan Rumí, Flórez Estrada, Borrego Moreno e Fernandes Tomás. O primeiro decreto estabeleceu a capital em Santiago de Compostela, como emblema da desejada unidade católica peninsular. O segundo, unificou as Gazetas oficiais, sob a pluma de Liberato e na língua galega, para economizar custos e como símbolo unificador da nova nação ibérica. O terceiro decreto foi uma solicitação ao rei João VI para que abdicasse em favor do seu filho, e se isso se produzisse o reino peninsular se converteria no vice-reinado do novo império pan-ibérico, com capital no Rio de Janeiro. Fomos à sacada do Palácio de Raxoi e o anunciamos ao mundo. Fernando VII se embriagou com alvarinho até que perdeu o conhecimento. Quando tornou já estava no meio do Atlântico, a caminho do México e com uma solene ressaca. Dom Pedro me pediu para eu restituir a dignidade de Portugal. Lusitânia deveria ser para a Ibéria o que Castilha foi para a Espanha. O quarto decreto ordenava reconstruir a ponte da Ajuda, a restituição formal de Olivença depois de vinte anos de domínio espanhol e a celebração da festa de irmandade.

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Ponte da Ajuda, frontera luso-española

A notícia da morte de Napoleão surpreendeu Dom Pedro IV, regente das Espanhas, embarcando para o Rio de Janeiro. O imperador da Grande Ibéria era de fato, a partir de agora, o seu fiel continuador. Sua viva reencarnação. Nada e nem ninguém o deteria até que ele desse uma carta outorgada a toda a iberidade, reunindo todos os países de fala castelhana e portuguesa sob o seu cetro luso-brasileiro. A Iberofonia. O Quinto Império.

Madrid, 27 de enero de 2017.

Autor: Pablo González Velasco

Traductor: Diógenes Carvalho Verás

Versión original en español

EL QUINTO IMPERIO. Una ucronía del año 1821 (Relato de ficción)

El majestuoso y cortante sonido de una afilada guillotina, al caer sobre una cabeza, constituía una auténtica pesadilla para los reyes que aún gobernaban en el agitado año de 1821. Nadie estaba a salvo de ese invento. Tampoco los verdugos.

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Ejecución de Luis XVI de Francia

Los reyes, intimidados, se veían obligados a ceder poderes antes de que la burguesía se hiciera republicana. La sociedad ya no era la misma. El humo de los barcos de vapor y los libros impresos en imprentas libres comenzaban a circular por los puertos. La ciencia, el comercio y las sociedades secretas, como la masonería, hacían las veces de ariete para destruir el decadente Antiguo Régimen. Y en mitad de esas pugnas, surge Napoleón cabalgando la revolución francesa con la misión imperial de dominar Europa. Portugal, anglófila por supervivencia, comienza a acumular agravios de una España francófila por servilismo. El primero fue la anexión de Olivenza, seguido del apoyo a la ocupación napoleónica de Portugal y su intento de convertirla en botín de guerra. Fue Paris quien no pagó traidores, y las tropas francesas entronizaron al hermano de Napoleón como rey español. La inmerecida generosidad de los portugueses en la liberación de España en la guerra peninsular antinapoleónica se vio compensada por aquel maravilloso artefacto político llamado Constitución de Cádiz. Pese a contener aspectos anarquizantes, era toda una biblia liberal. Emergía la primera generación lusoespañola, forjada en las trincheras peninsulares del liberalismo.

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Las colonias españolas y portuguesas sufren cambios drásticos, pero toman caminos diferentes. Mientras que la familia real española había quedado exquisitamente secuestrada por Napoleón, la portuguesa pudo huir a Brasil en un viaje en condiciones muy precarias, junto con la nobleza, todo su aparato administrativo y la biblioteca nacional. Haciendo de la necesidad virtud, lograron mantener la unidad territorial brasileña, cuya dimensión continental se debe irónicamente a la dinastía filipina. Lejos de las guillotinas europeas, el mandarinato portugués se siente muy agustito en un fértil continente preñado de ilimitadas riquezas naturales. No poseía el refinamiento europeo, pero sólo había que abrir la ventana para deleitarse con la opera de la naturaleza.

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Traslado de la corte portuguesa a Brasil (1807), huyendo del ejercito napoleónico
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Dom Pedro

El rey João VI, embriagado de amor por Brasil, lo elevó de colonia a metrópoli. Al príncipe Dom Pedro lo único que le fascinaba más que Brasil era la figura de Napoleón. Gracias a él estaban allí. Era un emperador del pueblo, algo con lo que él soñaba y trataba de imitar. Dom Pedro, al igual que Napoleón y yo, se consideraba un liberal conservador, partidario las cartas constitucionales otorgadas.

Trece años sin rey, sin corte y sin maná brasileño fueron suficientes para desatar la revolución de Oporto de 1820 que pone fin al paradisiaco sueño brasileño de la familia real. La revolución pide su regreso. Por primera vez en la historia, España y Portugal se dan de la mano con regímenes liberales. Se canta el himno de Riego con acento portugués, se reparten constituciones de Cádiz y se debate sobre la unión ibérica. Las cortes liberales de Lisboa ordenan en enero de 1821 el regreso inmediato de la corte absolutista de Rio de Janeiro. La esposa despechada del Tajo desafiaba a la niña bonita de Guanabara.

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Involuntariamente ese desafío revolucionario sirvió de ejemplo a liberales tropicalizados. Se organizó el partido brasileño y se obligó a João VI a jurar la constitución de Cádiz. Por el día el rey, con fama de timorato, soportaba múltiples presiones en direcciones opuestas que lo confundían aún más. Pero por la noche, sufría siempre la misma pesadilla: la repetición continua del majestuoso y cortante sonido de la guillotina, cayendo sobre su cabeza, en un Terreiro do Paço de Lisboa atestado de gente.

— ¡Digan al pueblo que me quedo en Brasil y sanseacabó! —así es como el canguelo del rey João VI puso a su hijo, el príncipe heredero Dom Pedro, a los pies de los caballos y cambió la Historia.

El conde Palmela, el gran baluarte de la diplomacia portuguesa, apoyó la decisión porque sabía que las revoluciones había que cabalgarlas, liderarlas y reconducirlas, tal y como había hecho Napoleón, pero el rey ya estaba demasiado mayor como para hacer una reconversión de tal envergadura. Alargar la ausencia de la familia real podía precipitar una anexión jacobina española.

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João VI y Carlota Joaquina

El rey encomendó a la reina Carlota Joaquina, su esposa, que sondeara a su hermano, el rey español Fernando VII, la posibilidad de un intercambio de territorios entre España y el mandarinato portugués de Rio de Janeiro, como, por ejemplo: Cuba por el Portugal continental. Carlota ambicionaba más. Quería reeditar la Unión Ibérica de 1580. La encomienda del rey en realidad era un pretexto para tenerla alejada porque tenía el presentimiento que le envenenaría si su muerte le beneficiaba.

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Paço de São Cristóvão

El día 23 de febrero embarcaron Carlota, Palmela y el príncipe en el muelle del Largo do Paço de Rio de Janeiro con destino a la antigua metrópoli. La princesa Leopoldina, a punto de dar a luz, se quedaría en el recién estrenado Palácio Real de São Cristóvão.

 

 

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Morro de São Bento

Con 22 años y fijando la mirada hacia el Morro de São Bento, Dom Pedro lloraba desconsoladamente por la saudade que iba a sentir de Brasil, aunque en aquel momento fingía que era por su esposa. Por momentos aquella tristeza se convertía en miedo y angustia ante la incertidumbre revolucionaria europea. En aquel momento el rey brindó un último consejo a su hijo:

 

— Si Portugal se separa, antes sea tuyo que de alguno de esos aventureros lusoespañoles. De Castilla, ni buen viento ni buen casamiento.

El príncipe llevaba bajo el brazo el decreto del 18 de febrero de 1821 donde se anunciaba su presidencia de las cortes de Lisboa, cuya jurisdicción quedaba reducida a tierra continental. De hecho, el rey convocaba a representantes de Brasil, Azores, Madeira y Cabo Verde para unas cortes nacionales en Rio de Janeiro. Brasileñizando así las posesiones de ultramar.

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Vapor de Cachoeira

 

Las fragatas tradicionales tardaban dos meses en cruzar el Atlántico, por tanto, toda decisión conllevaba un retardo de dos meses. Esto dificultaba la gobernanza e imposibilitaba un centralismo revolucionario desde Lisboa. Aunque los barcos de vapor ya estaban en funcionamiento, como el de Cachoeira, todavía no eran los utilizados para atravesar el Atlántico. Si fuera así el tiempo de travesía se reduciría a la mitad.

Con instrucciones precisas, el encargado de negocios del gobierno liberal español, José María Pando, se había instalado en Lisboa un año antes. Le mandaba Evaristo Pérez de Castro, hombre de gran prestigio en el gobierno español, en cuyo haber estaba la redacción de La Pepa, la vuelta de los afrancesados y la convicción de que las lenguas de Camões y Cervantes estaban destinadas a ser aliadas por su singularidad, al ser pluricontinentales y recíprocamente comprensibles. Las instrucciones eran un conjunto de acciones para lograr que el pueblo español y portugués “compongan una sola y poderosa nación”. Las logias masónicas de Madrid, Lisboa y Rio de Janeiro buscaban un militar liberal portugués, que dominara el castellano y tuviera una hoja de servicios impecable, para hacerlo gobernador de la península. Yo estaba en la terna y así me lo hicieron saber. Quien escribe estas líneas, a modo de memorias, es João Carlos de Saldanha. Nací en 1790 en el seno de una familia ilustrada liberal pero conservadora por pertenecer a la nobleza. No por ser nieto del marqués de Pombal que soy general de brigada. Me lo gané a pulso tras convertirme en el militar portugués más condecorado de la guerra peninsular antinapoleónica.

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En febrero de 1821 un emisario llegó al cabildo del Montevideo con una carta real. El rey me felicitaba por contener a los independentistas rioplatenses y los guerrilleros de Artigas en la Banda Oriental, pero pedía que fuese a Rio de Janeiro para encomendarme una nueva misión. Llegué una semana más tarde a Paciência, donde me hospedé. El lugar era llamado así porque la guardia real cultivaba mucho dicha virtud en las interminables horas de espera hasta que el rey terminaba de amancebarse sus visitas en la hacienda de Santa Cruz.

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Fazenda de Santa Cruz, a 60km de la ciudad de Rio de Janeiro. Residencia de verano de la familia real.

A la mañana siguiente me recibió y me informó del plan en marcha. Quería que su hijo tuviera apoyo militar para contener al jacobinismo. Me tranquilizaba que Palmela ejerciera de consejero particular, lejos de José Bonifacio, que no paraba de calentarle las orejas al impetuoso príncipe. El rey puso a mi disposición cinco compañías para la expedición militar: tres de Rio de Janeiro, una de Vila Rica y otra de Cachoeira. Las dos últimas acumulaban un especial rencor antiportugués por el oro saqueado y los altos impuestos para costear la reconstrucción de Lisboa tras el fatídico terremoto. Las de Rio eran tropas portuguesas simpatizantes de la revolución liberal. El rey, sencillamente, quería quitárselas de encima. Hubo que convencerles que Portugal quería separarse y crear una república, cuestión que por aquel entonces no dejaba de ser una mentira. Partiríamos lo antes posible del muelle de Valongo, fétidamente célebre por el olor a carne podrida de esclavos muertos que no sobrevivían al infame viaje para ser vendidos.

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Arco de teles, un antiguo bajo fondo de Rio de Janeiro

Rio de Janeiro estaba en efervescencia: elegantes tiendas en la Rua do Ouvidor, agitados cafés en Rua da Direita y sórdidos bajos fondos como todo buen puerto que se precie. Chalaça, el amigo bohemio del príncipe, nos esperaba en la fragata con doce concubinas para Dom Pedro. Era una orden del rey. Mujeres de pura raza brasileira. Raza que era fruto de la mezcla lusoafroindia. Parecían aquellas princesas moras de las leyendas medievales. Voluptuosas criaturas mitológicas de belleza superior a las portuguesas. Y a juzgar por sus dentaduras, manos y sonrisas, superiores también en salud, habilidad y felicidad. Eran femeninos centauros de inocente mirada y color de canela, dotados de finas cinturas e inconmensurables nalgas. Protuberancias que vibraban cual gelatina. Era tan pecaminoso que una mirada bastaba para caer en la rendición incondicional. Y muchas sabían usar esa arma a su favor. Hacían bien. Si esas evas brasileñas se organizasen, pondrían el mundo a sus pies. Ese será el Sexto Imperio: el matriarcal.

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Pintura de Jean-Baptiste Debret

La fragata de Dom Pedro nos sacaba unos once días de ventaja. Antes de partir se nos acercó un grupo de esclavos, que frecuentaban la Pedra do Sal, lugar sagrado donde se interpretan músicas ancestrales africanas. Pidieron unirse a cambio de su liberad, lo cual, ante la falta de tropas, acepté. Venían de Bahía y algunos de ellos eran musulmanes bastante cultos. Eran llamados de malês, pero se hacían llamar nagôs. campeo portugues

El príncipe, según me contó Palmela, aprovechó la travesía para leer el periódico Campeão Portuguez, dirigido por José Liberato, donde se afirmaba: “Portugal y Brasil son dos naciones de facto. Sólo la fuerza de las armas puede someter una a otra. Y Portugal no tiene ni fuerza ni dinero para someter a Brasil. Antes de convertirse en colonia de Brasil, Portugal debe aceptar su inevitable derrota y apostar defensivamente por una unión lusoespañola constitucional. Sólo el reencuentro del genio peninsular puede mantener la llama de la esperanza de recuperar algún día el control de nuestros viejos imperios”. A Dom Pedro le impactó este pensamiento y le sorprendió la buena visión que se tenía en Portugal del nuevo gobierno liberal español. El príncipe se dio cuenta que debía adelantarse a los acontecimientos.

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Pedro de Sousa Holstein, Duque de Palmela.

Palmela decía que conmigo en el gobierno y Dom Pedro como regente, por tener sangre bragantina y borbónica, podríamos derrotar tanto al absolutismo como a los sectores más jacobinistas. El príncipe se acabó de convencer de la misión de la conquista del trono peninsular, escuchando, por boca de Palmela, unas palabras de Napoleón: “el monarca legítimo que asumiera cordialmente el compromiso de la causa del pueblo dictaría infaliblemente la ley”. Pero la voluntad de Dom Pedro no era suficiente. Necesitábamos de un milagro para quitarnos de en medio a Fernando VII. Llegando a Lisboa, Palmela encontró la fórmula en el periódico El Español Constitucional, editado por Fernández Sardinó. La noticia versaba sobre el Plan de Iguala de Agustín de Iturbide, enemigo de Cádiz y nueva máxima autoridad del virreinato de Nueva España, que solicitaba a Fernando VII que fuera hasta allí para asumir el reinado del nuevo Imperio Mexicano. Si el rey español aceptaba el trono americano despejaba el camino de Dom Pedro para una regencia peninsular. El príncipe imploró a su madre Carlota que le apoyara en su plan. Al fin y al cabo, se trataría de conseguir la unión ibérica que ella intentó años antes en Cádiz cuando el propio Palmela la postuló como regente española. Carlota dio su aprobación probablemente pensando en ulteriores conspiraciones absolutistas o simplemente porque ayudaría a destronar a su pusilánime marido.

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Cuando Dom Pedro desembarcó en Lisboa, el sebastianismo se manifestó y el pueblo se enamoró del príncipe. No había guillotinas esperándole como en las pesadillas del rey. En primera fila estaba Pando, el representante del gobierno español. Sin demora, Pedro juró las bases de la constitución portuguesa, la constitución de Cádiz y honró a Gómes Freire, héroe contra los franceses y mártir contra los ingleses. El príncipe anunció que el rey no aceptaba la soberanía de las Cortes de Lisboa. Ante los ecos de los murmullos de la multitud, se subió a un caballo, desenvainó su espada y gritó:

— Infelizmente Portugal es hoy en día un Estado de cuarto orden, pero juro que haré grande a Portugal otra vez. Continuaremos escribiendo las glorias de Os Lusíadas. Para mi sangre, mi honra, mi Dios, yo juro dar a Portugal la libertad… ¡independencia o muerte! —así fue como Dom Pedro ganó la adhesión del pueblo portugués.

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Palácio da Bemposta, Lisboa.

Al galope fue hasta el Palácio da Bemposta, lugar donde se reuniría primero con José María Pando y después con el gobierno de la regencia. Hubo una conexión total con Pando. Era nuestro hombre, un auténtico hacedor de acuerdos. Español, nacido en Perú, se carteaba con Bolívar, amigo suyo de infancia, y San Martín, compañero mío de la guerra peninsular antinapoleónica y partidario entronizar a un príncipe europeo constitucional en una América hispánica unida. Pero esa sería una tarea para más tarde. Nos urgía trazar el plan peninsular. Pando dijo que Galicia era un lugar adecuado porque el comandante militar de esa región era Espoz y Mina, un gran admirador de la Casa de Braganza. Se acordó llevar las negociaciones y la firma de los acuerdos a Santiago de Compostela.

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Palacio de Aranjuez. Residencia de verano de la familia real española

Carlota había salido hacia Aranjuez para convencer a su hermano el rey español Fernando VII. Con cierta incredulidad el gobierno de la regencia vintista aceptó un gobierno liberal-conservador-iberista, tras un emotivo discurso de Fernandes Tomás, fundador de Sinédrio. Esta sociedad secreta fue la responsable de la revolución de Oporto y de la expulsión del represor inglés Beresford. En el Palácio das Necessidades se reunieron las cortes y proclamaron al nuevo rey de Portugal, Dom Pedro IV, y la segunda restauración de la independencia. Oporto lo nombró ‘Defensor Perpetuo de Portugal’, lo que dejó con una sensación de déjà vu a los diputados lusobrasileños, que cogieron el primer barco a Rio de Janeiro. Cuando estábamos aproximándonos a Lisboa nos topamos con el barco de los diputados. Cipriano Barata me mostró los nuevos decretos que llevaban a João VI. Reaccioné con sorpresa, pero rápidamente identifiqué la genialidad de la estrategia de Palmela. Circuló la información por las cinco fragatas y las tropas se encolerizaron. Unas consideraban la independencia portuguesa una afrenta al orgullo lusobrasileño y otras al portugués. En cualquier caso, afrentas a João VI, que deberían ser debidamente vengadas con crueldad, ensañamiento y escarmiento.

 

escravos

No consideraban traidor a Dom Pedro porque creían que lo habían secuestrado y estaban torciendo su voluntad. En mitad de la confusión, la fragata en la que iban los malês desapareció en el horizonte. Con osadía haitiana habían puesto rumbo al golfo de Guinea. Volvían a su tierra, de donde habían sido arrancados. No se les había perdido nada en Portugal.

Conseguí dominar mi fragata, pero el resto quedaron fuera de control. Llegamos los primeros a Lisboa a fin de evacuar al nuevo rey Dom Pedro IV para que no fuera capturado por la iracunda escuadra lusobrasileña. Las tropas no eran suficientes para garantizar una ocupación tupiniquim de Portugal. Después del carnaval llegaría la calma. Dom Pedro lloró cuando vio a su amigo Chalaça y se maravilló con el séquito de criollas.

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Camino Privilegiado, Couto Mixto

Huimos hasta una casa de los Braganza en Tourém, frontera con Galicia, desde donde sale el camino privilegiado en paralelo al rio Salas hasta Couto Mixto, un microestado de facto entre España y Portugal. Era el mejor lugar para pasar inadvertidos y reunirnos con los españoles hasta que la situación se sosegase. Pindorama se disponía a vengarse del colonialismo de Lusitania. La reviravolta estaba en marcha. La primera víctima de los invasores fue el Convento de Mafra, construido con el oro de Brasil. Su valiosísima colección de libros fue confiscada. Creyendo que sus huéspedes eran jesuitas, un grupo de caboclos sodomizó erróneamente a los moradores franciscanos. Contra los que no tenían nada en contra. Capoeiristas corrían detrás de vintistas por las empinadas cuestas de Lisboa. El Castelo de Belmonte de la familia del descubridor de Brasil, Álvares Cabral, se convirtió en un quilombo, donde se comía moqueca y se practicaba el candomblé. En nombre de Tiradentes, se ocuparon palacetes y se desvirgaron a las hijas de los más renombrados nobles lusos.

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Padrão do Salado, Guimarães, Portugal.

En Guimarães, un grupo de baianos profanaron la cruz del Padrão do Salado, uno de los símbolos de la cuna de la nación portuguesa, con la finalidad de colocarla en la Igreja de Nossa Senhora da Ajuda, en Cachoeira, cuna de la nación brasileña. En la universidad de Coimbra, alumnos lusobrasileños, entre los que destacaba Jê Acaiaba de Montezuma, uno de los primeros líderes abolicionistas y defensores de los indios, secuestraron a sus profesores para fundar la primera universidad del Recôncavo baiano. Tras el saqueo, las tropas lusobrasileñas volvieron con su botín a Brasil. Carlota, ya en el Palacio de Aranjuez, intentó convencer a Fernando VII que era el momento de reeditar la monarquía hispánica, pero dejando como heredero a su hijo Dom Pedro. Ambos rezaron por el fallecimiento de la primera y única descendencia del rey español: Luisa. Fruto de su matrimonio con la hermana de Dom Pedro, María Isabel de Braganza, también fallecida. El homenaje de Carlota conmovió a Fernando VII. Sentía la colosal deuda que tenía con los Braganza. Sin descendencia, sin honor y sin imperio, Fernando VII tocó fondo y declaró solemnemente:

— Marchemos por la senda peninsular. Una Hispania reconciliada con Lusitania será mucho más poderosa que Inglaterra, Francia y Estados Unidos. Mi sobrino, Dom Pedro IV, es quien mejor encarna la reconciliación. Por ello, le nombraré regente y sucesor. La urgencia más perentoria es mi deber más sagrado. No abandonaré los ejércitos realistas. Iré a América, tal y como lo hizo João VI, y asumiré el trono de Nueva España.

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Marechal (mariscal) Saldanha

Con la nariz tapada los liberales lusoespañoles hicimos rey de las Españas, incluyendo a Portugal, a Fernando VII, Hispaniarum Rex, a cambio de la regencia para su sobrino Dom Pedro. El rey quería vetar mi presencia, pero eso era imposible. Asumí la dirección del gobierno peninsular, junto con Palmela, Mendizábal, Mouzinho da Silveira, Iglesias González, Torrijos, Anduaga Cuenca, Canga Argüelles, Díaz Morales, Juan Rumí, Flórez Estrada, Borrego Moreno y Fernandes Tomás. El primer decreto estableció la capital en Santiago de Compostela, como emblema de la deseada unidad católica peninsular. El segundo unificó las Gacetas oficiales, bajo la pluma de Liberato, y en lingua galega, para ahorrar costes y como símbolo unificador de la nueva nación ibérica. El tercero fue una solicitud al rey João VI para que abdicase en su hijo, y si eso se producía el reino peninsular se convertiría en virreinato del nuevo imperio panibérico con capital en Rio de Janeiro. Salimos al balcón del Palacio de Raxoi y lo anunciamos al mundo. A Fernando VII se le emborrachó con albariño hasta perder el conocimiento. Cuando se despertó ya estaba en medio del Atlántico, camino a México y con una solemne resaca. Dom Pedro me pidió restituir la dignidad de Portugal. Lusitania debía ser a Iberia lo que Castilla fue a España. El cuarto decreto ordenaba reconstruir el puente da Ajuda, la restitución formal de Olivenza tras veinte años de españolidad y la celebración de una fiesta de hermandad.

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Ponte da Ajuda, frontera luso-española

La noticia de la muerte de Napoleón sorprendió a Dom Pedro IV, regente de las Españas, embarcando hacia Rio de Janeiro. El emperador de facto de la Gran Iberia era, desde ya, su fiel continuador. Su viva reencarnación. Nada ni nadie le detendría hasta dar una carta otorgada a toda la iberidad, reuniendo así sobre su cetro lusobrasileño a todos los países que hablan castellano y portugués. La Iberofonía. El Quinto Imperio.

Madrid, 27 de enero de 2017.

Autor: Pablo González Velasco

Versión en portugués

Combios de Portugal propone alianza con Renfe en cinco trayectos

El mensaje de Manuel Queiró, presidente saliente de Comboios de Portugal, fue que, en un plazo de tres años, CP estaría preparada para entrar en España operando en varios destinos, por lo que planteó a Renfe la posibilidad de crear una colaboración para no convertirse en competidores directos.
“Se miraron unos a otros porque no esperaban que los portugueses avanzaramos así, y decidieron que el director general de Renfe se desplazaría a Lisboa para discutir el asunto con CP. En la misma semana, vinieron a Lisboa y aceptaron el principio de que irían a colaborar”, cuenta el expresidente de la compañía lusa.
Esto “significa que Renfe está abierta a una sociedad CP-Renfe para realizar trayectos Lisboa-Madrid, Lisboa-Barcelona, Coimbra-Salamanca, Lisboa-Sevilla y Lisboa-Coruña”, agregó.
Ese año tendrá lugar la liberalización del servicio de pasajeros en suelo luso, y con una flota de trenes que en algunos casos superan los 50 años, CP tiene claro que un acuerdo con la española puede ser la solución para no verse perjudicada.