El majestuoso y cortante sonido de una afilada guillotina, al caer sobre una cabeza, constituía una auténtica pesadilla para los reyes que aún gobernaban en el agitado año de 1821. Nadie estaba a salvo de ese invento. Tampoco los verdugos.

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Ejecución de Luis XVI de Francia

Los reyes, intimidados, se veían obligados a ceder poderes antes de que la burguesía se hiciera republicana. La sociedad ya no era la misma. El humo de los barcos de vapor y los libros impresos en imprentas libres comenzaban a circular por los puertos. La ciencia, el comercio y las sociedades secretas, como la masonería, hacían las veces de ariete para destruir el decadente Antiguo Régimen. Y en mitad de esas pugnas, surge Napoleón cabalgando la revolución francesa con la misión imperial de dominar Europa. Portugal, anglófila por supervivencia, comienza a acumular agravios de una España francófila por servilismo. El primero fue la anexión de Olivenza, seguido del apoyo a la ocupación napoleónica de Portugal y su intento de convertirla en botín de guerra. Fue Paris quien no pagó traidores, y las tropas francesas entronizaron al hermano de Napoleón como rey español. La inmerecida generosidad de los portugueses en la liberación de España en la guerra peninsular antinapoleónica se vio compensada por aquel maravilloso artefacto político llamado Constitución de Cádiz. Pese a contener aspectos anarquizantes, era toda una biblia liberal. Emergía la primera generación lusoespañola, forjada en las trincheras peninsulares del liberalismo.

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Las colonias españolas y portuguesas sufren cambios drásticos, pero toman caminos diferentes. Mientras que la familia real española había quedado exquisitamente secuestrada por Napoleón, la portuguesa pudo huir a Brasil en un viaje en condiciones muy precarias, junto con la nobleza, todo su aparato administrativo y la biblioteca nacional. Haciendo de la necesidad virtud, lograron mantener la unidad territorial brasileña, cuya dimensión continental se debe irónicamente a la dinastía filipina. Lejos de las guillotinas europeas, el mandarinato portugués se siente muy agustito en un fértil continente preñado de ilimitadas riquezas naturales. No poseía el refinamiento europeo, pero sólo había que abrir la ventana para deleitarse con la opera de la naturaleza.

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Traslado de la corte portuguesa a Brasil (1807), huyendo del ejercito napoleónico
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Dom Pedro

El rey João VI, embriagado de amor por Brasil, lo elevó de colonia a metrópoli. Al príncipe Dom Pedro lo único que le fascinaba más que Brasil era la figura de Napoleón. Gracias a él estaban allí. Era un emperador del pueblo, algo con lo que él soñaba y trataba de imitar. Dom Pedro, al igual que Napoleón y yo, se consideraba un liberal conservador, partidario las cartas constitucionales otorgadas.

Trece años sin rey, sin corte y sin maná brasileño fueron suficientes para desatar la revolución de Oporto de 1820 que pone fin al paradisiaco sueño brasileño de la familia real. La revolución pide su regreso. Por primera vez en la historia, España y Portugal se dan de la mano con regímenes liberales. Se canta el himno de Riego con acento portugués, se reparten constituciones de Cádiz y se debate sobre la unión ibérica. Las cortes liberales de Lisboa ordenan en enero de 1821 el regreso inmediato de la corte absolutista de Rio de Janeiro. La esposa despechada del Tajo desafiaba a la niña bonita de Guanabara.

800px-Portuguese_Cortes_1822Cortes Gerais e Extraordinárias da Nação Portuguesa en el Palacio das Necessidades

Involuntariamente ese desafío revolucionario sirvió de ejemplo a liberales tropicalizados. Se organizó el partido brasileño y se obligó a João VI a jurar la constitución de Cádiz. Por el día el rey, con fama de timorato, soportaba múltiples presiones en direcciones opuestas que lo confundían aún más. Pero por la noche, sufría siempre la misma pesadilla: la repetición continua del majestuoso y cortante sonido de la guillotina, cayendo sobre su cabeza, en un Terreiro do Paço de Lisboa atestado de gente.

— ¡Digan al pueblo que me quedo en Brasil y sanseacabó! —así es como el canguelo del rey João VI puso a su hijo, el príncipe heredero Dom Pedro, a los pies de los caballos y cambió la Historia.

El conde Palmela, el gran baluarte de la diplomacia portuguesa, apoyó la decisión porque sabía que las revoluciones había que cabalgarlas, liderarlas y reconducirlas, tal y como había hecho Napoleón, pero el rey ya estaba demasiado mayor como para hacer una reconversión de tal envergadura. Alargar la ausencia de la familia real podía precipitar una anexión jacobina española.

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João VI y Carlota Joaquina

El rey encomendó a la reina Carlota Joaquina, su esposa, que sondeara a su hermano, el rey español Fernando VII, la posibilidad de un intercambio de territorios entre España y el mandarinato portugués de Rio de Janeiro, como, por ejemplo: Cuba por el Portugal continental. Carlota ambicionaba más. Quería reeditar la Unión Ibérica de 1580. La encomienda del rey en realidad era un pretexto para tenerla alejada porque tenía el presentimiento que le envenenaría si su muerte le beneficiaba.

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Paço de São Cristóvão

El día 23 de febrero embarcaron Carlota, Palmela y el príncipe en el muelle del Largo do Paço de Rio de Janeiro con destino a la antigua metrópoli. La princesa Leopoldina, a punto de dar a luz, se quedaría en el recién estrenado Palácio Real de São Cristóvão.

 

 

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Morro de São Bento

Con 22 años y fijando la mirada hacia el Morro de São Bento, Dom Pedro lloraba desconsoladamente por la saudade que iba a sentir de Brasil, aunque en aquel momento fingía que era por su esposa. Por momentos aquella tristeza se convertía en miedo y angustia ante la incertidumbre revolucionaria europea. En aquel momento el rey brindó un último consejo a su hijo:

 

— Si Portugal se separa, antes sea tuyo que de alguno de esos aventureros lusoespañoles. De Castilla, ni buen viento ni buen casamiento.

El príncipe llevaba bajo el brazo el decreto del 18 de febrero de 1821 donde se anunciaba su presidencia de las cortes de Lisboa, cuya jurisdicción quedaba reducida a tierra continental. De hecho, el rey convocaba a representantes de Brasil, Azores, Madeira y Cabo Verde para unas cortes nacionales en Rio de Janeiro. Brasileñizando así las posesiones de ultramar.

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Vapor de Cachoeira

 

Las fragatas tradicionales tardaban dos meses en cruzar el Atlántico, por tanto, toda decisión conllevaba un retardo de dos meses. Esto dificultaba la gobernanza e imposibilitaba un centralismo revolucionario desde Lisboa. Aunque los barcos de vapor ya estaban en funcionamiento, como el de Cachoeira, todavía no eran los utilizados para atravesar el Atlántico. Si fuera así el tiempo de travesía se reduciría a la mitad.

Con instrucciones precisas, el encargado de negocios del gobierno liberal español, José María Pando, se había instalado en Lisboa un año antes. Le mandaba Evaristo Pérez de Castro, hombre de gran prestigio en el gobierno español, en cuyo haber estaba la redacción de La Pepa, la vuelta de los afrancesados y la convicción de que las lenguas de Camões y Cervantes estaban destinadas a ser aliadas por su singularidad, al ser pluricontinentales y recíprocamente comprensibles. Las instrucciones eran un conjunto de acciones para lograr que el pueblo español y portugués “compongan una sola y poderosa nación”. Las logias masónicas de Madrid, Lisboa y Rio de Janeiro buscaban un militar liberal portugués, que dominara el castellano y tuviera una hoja de servicios impecable, para hacerlo gobernador de la península. Yo estaba en la terna y así me lo hicieron saber. Quien escribe estas líneas, a modo de memorias, es João Carlos de Saldanha. Nací en 1790 en el seno de una familia ilustrada liberal pero conservadora por pertenecer a la nobleza. No por ser nieto del marqués de Pombal que soy general de brigada. Me lo gané a pulso tras convertirme en el militar portugués más condecorado de la guerra peninsular antinapoleónica.

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En febrero de 1821 un emisario llegó al cabildo del Montevideo con una carta real. El rey me felicitaba por contener a los independentistas rioplatenses y los guerrilleros de Artigas en la Banda Oriental, pero pedía que fuese a Rio de Janeiro para encomendarme una nueva misión. Llegué una semana más tarde a Paciência, donde me hospedé. El lugar era llamado así porque la guardia real cultivaba mucho dicha virtud en las interminables horas de espera hasta que el rey terminaba de amancebarse sus visitas en la hacienda de Santa Cruz.

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Fazenda de Santa Cruz, a 60km de la ciudad de Rio de Janeiro. Residencia de verano de la familia real.

A la mañana siguiente me recibió y me informó del plan en marcha. Quería que su hijo tuviera apoyo militar para contener al jacobinismo. Me tranquilizaba que Palmela ejerciera de consejero particular, lejos de José Bonifacio, que no paraba de calentarle las orejas al impetuoso príncipe. El rey puso a mi disposición cinco compañías para la expedición militar: tres de Rio de Janeiro, una de Vila Rica y otra de Cachoeira. Las dos últimas acumulaban un especial rencor antiportugués por el oro saqueado y los altos impuestos para costear la reconstrucción de Lisboa tras el fatídico terremoto. Las de Rio eran tropas portuguesas simpatizantes de la revolución liberal. El rey, sencillamente, quería quitárselas de encima. Hubo que convencerles que Portugal quería separarse y crear una república, cuestión que por aquel entonces no dejaba de ser una mentira. Partiríamos lo antes posible del muelle de Valongo, fétidamente célebre por el olor a carne podrida de esclavos muertos que no sobrevivían al infame viaje para ser vendidos.

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Arco de teles, un antiguo bajo fondo de Rio de Janeiro

Rio de Janeiro estaba en efervescencia: elegantes tiendas en la Rua do Ouvidor, agitados cafés en Rua da Direita y sórdidos bajos fondos como todo buen puerto que se precie. Chalaça, el amigo bohemio del príncipe, nos esperaba en la fragata con doce concubinas para Dom Pedro. Era una orden del rey. Mujeres de pura raza brasileira. Raza que era fruto de la mezcla lusoafroindia. Parecían aquellas princesas moras de las leyendas medievales. Voluptuosas criaturas mitológicas de belleza superior a las portuguesas. Y a juzgar por sus dentaduras, manos y sonrisas, superiores también en salud, habilidad y felicidad. Eran femeninos centauros de inocente mirada y color de canela, dotados de finas cinturas e inconmensurables nalgas. Protuberancias que vibraban cual gelatina. Era tan pecaminoso que una mirada bastaba para caer en la rendición incondicional. Y muchas sabían usar esa arma a su favor. Hacían bien. Si esas evas brasileñas se organizasen, pondrían el mundo a sus pies. Ese será el Sexto Imperio: el matriarcal.

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Pintura de Jean-Baptiste Debret

La fragata de Dom Pedro nos sacaba unos once días de ventaja. Antes de partir se nos acercó un grupo de esclavos, que frecuentaban la Pedra do Sal, lugar sagrado donde se interpretan músicas ancestrales africanas. Pidieron unirse a cambio de su liberad, lo cual, ante la falta de tropas, acepté. Venían de Bahía y algunos de ellos eran musulmanes bastante cultos. Eran llamados de malês, pero se hacían llamar nagôs. campeo portugues

El príncipe, según me contó Palmela, aprovechó la travesía para leer el periódico Campeão Portuguez, dirigido por José Liberato, donde se afirmaba: “Portugal y Brasil son dos naciones de facto. Sólo la fuerza de las armas puede someter una a otra. Y Portugal no tiene ni fuerza ni dinero para someter a Brasil. Antes de convertirse en colonia de Brasil, Portugal debe aceptar su inevitable derrota y apostar defensivamente por una unión lusoespañola constitucional. Sólo el reencuentro del genio peninsular puede mantener la llama de la esperanza de recuperar algún día el control de nuestros viejos imperios”. A Dom Pedro le impactó este pensamiento y le sorprendió la buena visión que se tenía en Portugal del nuevo gobierno liberal español. El príncipe se dio cuenta que debía adelantarse a los acontecimientos.

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Pedro de Sousa Holstein, Duque de Palmela.

Palmela decía que conmigo en el gobierno y Dom Pedro como regente, por tener sangre bragantina y borbónica, podríamos derrotar tanto al absolutismo como a los sectores más jacobinistas. El príncipe se acabó de convencer de la misión de la conquista del trono peninsular, escuchando, por boca de Palmela, unas palabras de Napoleón: “el monarca legítimo que asumiera cordialmente el compromiso de la causa del pueblo dictaría infaliblemente la ley”. Pero la voluntad de Dom Pedro no era suficiente. Necesitábamos de un milagro para quitarnos de en medio a Fernando VII. Llegando a Lisboa, Palmela encontró la fórmula en el periódico El Español Constitucional, editado por Fernández Sardinó. La noticia versaba sobre el Plan de Iguala de Agustín de Iturbide, enemigo de Cádiz y nueva máxima autoridad del virreinato de Nueva España, que solicitaba a Fernando VII que fuera hasta allí para asumir el reinado del nuevo Imperio Mexicano. Si el rey español aceptaba el trono americano despejaba el camino de Dom Pedro para una regencia peninsular. El príncipe imploró a su madre Carlota que le apoyara en su plan. Al fin y al cabo, se trataría de conseguir la unión ibérica que ella intentó años antes en Cádiz cuando el propio Palmela la postuló como regente española. Carlota dio su aprobación probablemente pensando en ulteriores conspiraciones absolutistas o simplemente porque ayudaría a destronar a su pusilánime marido.

desembarque en lisboa

Cuando Dom Pedro desembarcó en Lisboa, el sebastianismo se manifestó y el pueblo se enamoró del príncipe. No había guillotinas esperándole como en las pesadillas del rey. En primera fila estaba Pando, el representante del gobierno español. Sin demora, Pedro juró las bases de la constitución portuguesa, la constitución de Cádiz y honró a Gómes Freire, héroe contra los franceses y mártir contra los ingleses. El príncipe anunció que el rey no aceptaba la soberanía de las Cortes de Lisboa. Ante los ecos de los murmullos de la multitud, se subió a un caballo, desenvainó su espada y gritó:

— Infelizmente Portugal es hoy en día un Estado de cuarto orden, pero juro que haré grande a Portugal otra vez. Continuaremos escribiendo las glorias de Os Lusíadas. Para mi sangre, mi honra, mi Dios, yo juro dar a Portugal la libertad… ¡independencia o muerte! —así fue como Dom Pedro ganó la adhesión del pueblo portugués.

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Palácio da Bemposta, Lisboa.

Al galope fue hasta el Palácio da Bemposta, lugar donde se reuniría primero con José María Pando y después con el gobierno de la regencia. Hubo una conexión total con Pando. Era nuestro hombre, un auténtico hacedor de acuerdos. Español, nacido en Perú, se carteaba con Bolívar, amigo suyo de infancia, y San Martín, compañero mío de la guerra peninsular antinapoleónica y partidario entronizar a un príncipe europeo constitucional en una América hispánica unida. Pero esa sería una tarea para más tarde. Nos urgía trazar el plan peninsular. Pando dijo que Galicia era un lugar adecuado porque el comandante militar de esa región era Espoz y Mina, un gran admirador de la Casa de Braganza. Se acordó llevar las negociaciones y la firma de los acuerdos a Santiago de Compostela.

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Palacio de Aranjuez. Residencia de verano de la familia real española

Carlota había salido hacia Aranjuez para convencer a su hermano el rey español Fernando VII. Con cierta incredulidad el gobierno de la regencia vintista aceptó un gobierno liberal-conservador-iberista, tras un emotivo discurso de Fernandes Tomás, fundador de Sinédrio. Esta sociedad secreta fue la responsable de la revolución de Oporto y de la expulsión del represor inglés Beresford. En el Palácio das Necessidades se reunieron las cortes y proclamaron al nuevo rey de Portugal, Dom Pedro IV, y la segunda restauración de la independencia. Oporto lo nombró ‘Defensor Perpetuo de Portugal’, lo que dejó con una sensación de déjà vu a los diputados lusobrasileños, que cogieron el primer barco a Rio de Janeiro. Cuando estábamos aproximándonos a Lisboa nos topamos con el barco de los diputados. Cipriano Barata me mostró los nuevos decretos que llevaban a João VI. Reaccioné con sorpresa, pero rápidamente identifiqué la genialidad de la estrategia de Palmela. Circuló la información por las cinco fragatas y las tropas se encolerizaron. Unas consideraban la independencia portuguesa una afrenta al orgullo lusobrasileño y otras al portugués. En cualquier caso, afrentas a João VI, que deberían ser debidamente vengadas con crueldad, ensañamiento y escarmiento.

 

escravos

No consideraban traidor a Dom Pedro porque creían que lo habían secuestrado y estaban torciendo su voluntad. En mitad de la confusión, la fragata en la que iban los malês desapareció en el horizonte. Con osadía haitiana habían puesto rumbo al golfo de Guinea. Volvían a su tierra, de donde habían sido arrancados. No se les había perdido nada en Portugal.

Conseguí dominar mi fragata, pero el resto quedaron fuera de control. Llegamos los primeros a Lisboa a fin de evacuar al nuevo rey Dom Pedro IV para que no fuera capturado por la iracunda escuadra lusobrasileña. Las tropas no eran suficientes para garantizar una ocupación tupiniquim de Portugal. Después del carnaval llegaría la calma. Dom Pedro lloró cuando vio a su amigo Chalaça y se maravilló con el séquito de criollas.

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Camino Privilegiado, Couto Mixto

Huimos hasta una casa de los Braganza en Tourém, frontera con Galicia, desde donde sale el camino privilegiado en paralelo al rio Salas hasta Couto Mixto, un microestado de facto entre España y Portugal. Era el mejor lugar para pasar inadvertidos y reunirnos con los españoles hasta que la situación se sosegase. Pindorama se disponía a vengarse del colonialismo de Lusitania. La reviravolta estaba en marcha. La primera víctima de los invasores fue el Convento de Mafra, construido con el oro de Brasil. Su valiosísima colección de libros fue confiscada. Creyendo que sus huéspedes eran jesuitas, un grupo de caboclos sodomizó erróneamente a los moradores franciscanos. Contra los que no tenían nada en contra. Capoeiristas corrían detrás de vintistas por las empinadas cuestas de Lisboa. El Castelo de Belmonte de la familia del descubridor de Brasil, Álvares Cabral, se convirtió en un quilombo, donde se comía moqueca y se practicaba el candomblé. En nombre de Tiradentes, se ocuparon palacetes y se desvirgaron a las hijas de los más renombrados nobles lusos.

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Padrão do Salado, Guimarães, Portugal.

En Guimarães, un grupo de baianos profanaron la cruz del Padrão do Salado, uno de los símbolos de la cuna de la nación portuguesa, con la finalidad de colocarla en la Igreja de Nossa Senhora da Ajuda, en Cachoeira, cuna de la nación brasileña. En la universidad de Coimbra, alumnos lusobrasileños, entre los que destacaba Jê Acaiaba de Montezuma, uno de los primeros líderes abolicionistas y defensores de los indios, secuestraron a sus profesores para fundar la primera universidad del Recôncavo baiano. Tras el saqueo, las tropas lusobrasileñas volvieron con su botín a Brasil. Carlota, ya en el Palacio de Aranjuez, intentó convencer a Fernando VII que era el momento de reeditar la monarquía hispánica, pero dejando como heredero a su hijo Dom Pedro. Ambos rezaron por el fallecimiento de la primera y única descendencia del rey español: Luisa. Fruto de su matrimonio con la hermana de Dom Pedro, María Isabel de Braganza, también fallecida. El homenaje de Carlota conmovió a Fernando VII. Sentía la colosal deuda que tenía con los Braganza. Sin descendencia, sin honor y sin imperio, Fernando VII tocó fondo y declaró solemnemente:

— Marchemos por la senda peninsular. Una Hispania reconciliada con Lusitania será mucho más poderosa que Inglaterra, Francia y Estados Unidos. Mi sobrino, Dom Pedro IV, es quien mejor encarna la reconciliación. Por ello, le nombraré regente y sucesor. La urgencia más perentoria es mi deber más sagrado. No abandonaré los ejércitos realistas. Iré a América, tal y como lo hizo João VI, y asumiré el trono de Nueva España.

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Marechal (mariscal) Saldanha

Con la nariz tapada los liberales lusoespañoles hicimos rey de las Españas, incluyendo a Portugal, a Fernando VII, Hispaniarum Rex, a cambio de la regencia para su sobrino Dom Pedro. El rey quería vetar mi presencia, pero eso era imposible. Asumí la dirección del gobierno peninsular, junto con Palmela, Mendizábal, Mouzinho da Silveira, Iglesias González, Torrijos, Anduaga Cuenca, Canga Argüelles, Díaz Morales, Juan Rumí, Flórez Estrada, Borrego Moreno y Fernandes Tomás. El primer decreto estableció la capital en Santiago de Compostela, como emblema de la deseada unidad católica peninsular. El segundo unificó las Gacetas oficiales, bajo la pluma de Liberato, y en lingua galega, para ahorrar costes y como símbolo unificador de la nueva nación ibérica. El tercero fue una solicitud al rey João VI para que abdicase en su hijo, y si eso se producía el reino peninsular se convertiría en virreinato del nuevo imperio panibérico con capital en Rio de Janeiro. Salimos al balcón del Palacio de Raxoi y lo anunciamos al mundo. A Fernando VII se le emborrachó con albariño hasta perder el conocimiento. Cuando se despertó ya estaba en medio del Atlántico, camino a México y con una solemne resaca. Dom Pedro me pidió restituir la dignidad de Portugal. Lusitania debía ser a Iberia lo que Castilla fue a España. El cuarto decreto ordenaba reconstruir el puente da Ajuda, la restitución formal de Olivenza tras veinte años de españolidad y la celebración de una fiesta de hermandad.

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Ponte da Ajuda, frontera luso-española

La noticia de la muerte de Napoleón sorprendió a Dom Pedro IV, regente de las Españas, embarcando hacia Rio de Janeiro. El emperador de facto de la Gran Iberia era, desde ya, su fiel continuador. Su viva reencarnación. Nada ni nadie le detendría hasta dar una carta otorgada a toda la iberidad, reuniendo así sobre su cetro lusobrasileño a todos los países que hablan castellano y portugués. La Iberofonía. El Quinto Imperio.

Madrid, 27 de enero de 2017.

Autor: Pablo González Velasco

Versión en portugués

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