Hay algo de mérito en las fuerzas independentistas rupturistas catalanas: han conseguido transformar un acuerdo programático en una legalidad rupturista alternativa que aspira a tener más apoyos que la legalidad constitucional. En dicha pugna de legalidades, la legalidad rupturista sólo cuenta con fuerza social, puesto que no tiene fuerza jurídica, militar o geopolítica. En términos sociales hay un empate de fuerzas entre independentistas y no independentistas. No obstante, el poder movilizador da ventaja al lado independentista. Por último, no hay que olvidar la existencia de un tercer espacio indeciso, representado por los Comunes, que quieren transformar el status quo constitucional.

El hecho revolucionario rupturista es parejo al hecho constitucional que deja claro que en ningún caso es posible un referéndum vinculante dentro de la constitución española. Además de no vinculante, la constitución reitera que deben participar “todos los ciudadanos”. Por tanto el gobierno español no puede convocar referéndums vinculantes, ni sólo para una CC.AA. Para hacerlo posible tendría que haber una reforma constitucional por la que se requiere 2/3 de diputados. Tampoco la legalidad internacional avala el derecho a la autodeterminación a núcleos poblacionales que no sean colonia o no sean objeto de un exterminio. Una aplicación interesada de la legalidad internacional sólo es posible con padrinos. Pero los primos de zumosol, en el actual escenario, están ausentes.

iberisme

La constitución es la ley de leyes que marca las reglas de juego. Ésta funciona siempre que la fuerza material de un Estado se imponga a otras fuerzas opuestas. En el plano de la legitimidad, siempre que haya un núcleo poblacional donde una legalidad alternativa concite más apoyos que la constitucional, ahí el Estado tendrá problemas de gobernanza y puede traducirse en un problema de oposición de fuerza material, e incluso, en un ulterior escenario de guerra civil.

Más allá de la batalla en el teatro política, cuando la política pide cada cierto tiempo anclarse en la realidad para dar un respiro a la ficción de los relatos, cada partido debe enfrentarse a los hechos. Y este es uno de esos momentos. Casi todos los partidos están posicionados salvo Podemos y los Comunes.

Difícilmente una izquierda rupturista de verdad, me refiero a Podemos y a los Comunes, puede oponerse a un referéndum o rebajarlo a “movilización”. Votar “no” a la República Catalana, no sólo no llega a un ejercicio de papanatismo democrático, sino que pone en evidencia su supuesto “rupturismo”. A la sazón, la República Catalana sería el cuarto Estado ibérico y la segunda república ibérica, después de Portugal. Podemos e Izquierda Unida están haciendo unos malabarismos vacíos de contenido, puesto que no hay una mejor correlación de fuerzas para las izquierdas en España. Sólo es explicable porque empeoraría la correlación de fuerzas del resto de España, aunque ya llevamos unos años donde la izquierda catalana independentista no cuenta para mayorías parlamentarias. Un “referéndum vinculante”, reivindicación de ambas formaciones, por encima de la constitución española, sólo tendría sentido en el marco de la prevención una incipiente guerra civil, donde instancias internacionales intervinieran para pacificar la situación. Afortunadamente todavía no estamos en dicha situación.

De momento España sigue siendo un Estado de derecho con una constitución refrendada mayoritariamente y con fuerza suficiente para imponer el orden jurídico en Cataluña. Habrá quien diga que esa imposición puede dar balones de oxígeno al independentismo, no obstante, también puede quitárselos si la vía revolucionaria no ofrece resistencia, por lo que daría alas a una salida reformista en el marco constitucional. Es ahí donde, ante la ausencia de Unió, sean los Comunes quienes estén llamados a liderar la pacificación, y en definitiva, a dotar de una salida política tras frustración por la derrota del independentismo, pero no lo tendrán fácil por sus diversas bases sociales y sus malabarismos políticos. El iberismo, en su mundo de los Comunes de soberanías compartidas, podría encajar para una nueva hoja de ruta catalana.

El mayor peligro de la hipótesis la nueva República catalana, desde le perspectiva iberista, es el trauma histórico y el comienzo de vivir de espaldas, que sería una vuelta de tuerca a la ausencia de diálogo y la renacionalización de Cataluña, que por los términos que se plantean, no se trata de buscar una nueva relación estratégica con el resto de pueblos ibéricos. Sería andar el camino que han comenzado a desandar España y Portugal. Aparecerían un sinnúmero de desventajas y una guerra de “putadas” mutuas.

Salvo alguna pequeña mención iberista de Joan Tardá en un artículo, no está encima de la mesa el iberismo catalanista del primer tercio del siglo XX, sino una huida hacia una Europa donde no se les espera.

Los iberistas, que buscan mayorías sólidas para su proyecto de Iberia, no pueden estar a favor de proyectos de fragmentación internos sin marcos ibéricos unitarios, leales y solidarios. Mejorar el espacio de convivencia común llamado España en clave de plurinacionalidad y plurilingüismo ibérico en todos los rincones de este país, especialmente en la región central/continental/castellana, es y será la solución para España y para Iberia. Mirar en el espejo de Portugal nos ayudará a entendernos mejor y, por otro lado, Portugal podría jugar un buen papel de árbitro interno peninsular. Ese juego de comprensiones, seducciones y lealtades mutuas debe ser construido con una nueva visión nacional y global.

En ese proceso constituyente podrá haber todo tipo de reestructuraciones, hasta las más radicales, pero desde la lealtad de las partes. Los iberistas estamos preparados ante cualquier resultado político del proceso catalán. La concordia ibérica entre las partes siempre será la tarea política del iberismo.

Pablo González

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