Nunca supe si esos dos hermanos mellizos, que nunca se saludaban en la calle, sabían que eran hermanos y que eran mellizos. Se disimulaban, pero se miraban de reojo. Los ojos de él: eran los de un enamorado de un amor imposible. Los de ella: los de un amor prohibido que intenta olvidar. A decir verdad, habían pasado muchos más años separados que juntos, pero tampoco nunca lejos: vivían en el mismo barrio y sus vidas discurrían como dos ríos paralelos. Las exageradas y superficiales vestimentas y formas de andar daban a entender que ella marcaba diferencias por algún trauma de infancia. Ella era: lírica, austera y ensimismada; él: tragicómico, recio y bocazas. Destinados a ser dos medias naranjas, en realidad eran tres cuartos frente a un cuarto de naranja. De repente un día se chocaron en la calle. Acabaron en el suelo uno encima del otro. Se miraron a los ojos; y en un acto reflejo quedaron paralizados, producto de siglos de estériles seducciones y frustrantes calabazas. Ella, con su portuguesísima y escurridiza personalidad, se levantó y le dijo a nuestro buen hombre: “¡De España: nem bom vento, nem bom casamento!”. Es la maldición del incesto ibérico.

Pablo González

Relato presentado en el V Certamen de Microcuentos Blimunda – Vallecas Calle del Libro

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