El gol ibérico de Portugal

Como de costumbre, tuvo que ser un evento europeo quien estableciera una tregua en la indiferencia española hacia Portugal. Gritos de gol en las tascas españolas, fados en las radios y felicitaciones entusiastas en las redes sociales se difundieron para honrar a nuestros educados vecinos, que normalmente no hacen ruido ni molestan.

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A regañadientes, algunos aficionados españoles, aceptan una victoria que no por no haber sido de gran belleza significa que haya sido menos justa. Independientemente de esa apreciación, la mayoría ha sentido una corriente de simpatía hacia Portugal. Es verdad que el madridismo tenía a dos de sus estrellas sobre el campo, pero eso no resta valor al impacto del triunfo portugués en el imaginario colectivo popular-futbolero español. Todo buen hijo de vecino debe alegrarse por la victoria de un país hermano.

La selección lusa ha conseguido poner en el mapa a Portugal a fuerza de coraje, juego en equipo y sangre fría en las interminables prórrogas y penaltis. Un valor muy importante especialmente en equipos modestos que normalmente se vienen abajo a la hora de la verdad.

Detrás del 11 inicial había 11 millones de habitantes de un castigado país del sur de Europa. Pero no estaban solos. 260 millones de la lusofonía estaban animando al equipo luso, con especial relevancia en Timor Oriental. Y 500 millones de la hispanofonía lo apoyaron con gran simpatía. De alguna manera el gol del lusoguineano Éderzito António Macedo Lopes fue un gol portugués, lusófono, ibérico e iberófono. O por lo menos los ecos de los gritos de alegría así lo fueron.

Con permiso de los portugueses, los iberistas españoles nos apuntamos este triunfo como propio. El fútbol influye muchísimo en el imaginario popular, y este vive de leyendas que alimentan el desdén hacia el pueblo portugués. Esta victoria viene a revertir esa imagen puesto que es un elemento de prestigio para Portugal.

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Se trata de la cuarta Eurocopa para Iberia, así como la tercera consecutiva. El fútbol español llegó a su hegemonía mundial en los estertores del ladrillazo, con una generación de futbolistas consagrados, coincidiendo con la eclosión de la crisis. Si los trofeos españoles significaron el fin de España como potencia basada en el binomio deuda-ladrillo, en Portugal hoy significa claramente un símbolo de resistencia y de autoestima nacional en pleno calvario económico.

Desde el año pasado se viene trabajando desde la liga portuguesa y española en la posibilidad de crear una liga de fútbol ibérica, siguiendo la estela de la candidatura ibérica para el mundial de 2018. Lo cual ayudaría a acercar a ambos países.

Portugal nos puede enseñar aquello que nos recordaba José Martí: “Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz”. Cuya traducción más terrenal sería: toda la gloria del mundo cabe en los solventes guantes del portero Rui Patrício.

Pablo González

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