La poetisa y paniberista portuguesa Natália Correia (1923-1993) escribió en 1988 el ensayo “Somos Todos Hispanos” con una recepción en Portugal que se movió entre la hostilidad y la indiferencia. Obra nunca traducida al castellano, puede considerarse una segunda parte del clásico iberista: “História da Civilização Ibérica” (1879) de Oliveira Martins.

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Natália Correia realiza un estudio histórico, antropológico y cultural para encontrar la esencia de la iberidad/ibericidad: los orígenes de ese genio peninsular que hablaba Antero y Martins.

En 1989, antes de la existencia de las Comunidad Iberoamericana y la CPLP, ya mantiene la tesis de la potencialidad y futuro de la “comunidad cultural ibero-afro-americana”. Lo que hoy llamaríamos: Iberofonía.

Para Natália, “hispano” e “ibérico” son sinónimos, puesto que a nuestra Península se la puede llamar Península Hispánica. A lo sumo se puede interpretar ese “hispano” como “iberófono”, dada la influencia norteamericana del término. En ningún caso debe interpretarse que Natália desea una españolización de Portugal, o que guarde alguna similitud con los intentos del nacionalcatolismo español de asimilar a la lusofonía en el marco de un hispanismo en su vertiente exclusiva española e imperial. Por tanto, Natália, como profundamente portuguesa, sabe que Portugal no proviene del tronco de la actual nación española, sino del tronco hispano-hispánico-ibérico.

El viaje que realiza en “Somos Todos Hispanos” es el mismo que hizo el iberista español Juan Valera al realizar una crítica al nacionalismo español anexionista en 1861. Puesto que para llegar al iberismo auténtico hay que despojarse de todos los prejuicios nacionales.

Con el vocabulario preciso de una excelente poetisa, Natália nos descifra el movimiento centrípeto de España y el centrífugo atlantista de Portugal, que determinó nuestra Historia. El perigo espanhol, el verdadero y el exagerado, vendría a reforzar ambos movimientos.

Correia pone ejemplos que ponen en cuestión el relato nacional portugués. El determinismo geográfico y lingüistico de la unidad territorial lusa no se sostiene por la mera existencia de Galicia. Ni tampoco existe un hecho diferencial institucional puesto que nace del Reino de León, heredando su administración. Obviamente tampoco la reconquista del sur y la expansión colonial es un hecho diferencial. Ambas historias avanzaban en paralelo aunque el desenlace de sus imperios fue sustancialmente diferente.

Por otro lado, con la mera existencia de Portugal, el determinismo nacional español se ve en serias dificultades para justificar su misión histórica de lograr su indisoluble unidad territorial católica, ni puede arrogarse la paternidad ibérica o hispánica en exclusiva como Estado, puesto que el Estado portugués ya tenía las bendiciones papales antes de los Reyes Católicos, además de haber completado su reconquista con más rapidez, siendo los primeros en llegar a Ceuta.

Cuando en España, Castilla ya sólo aparece en los libros de Historia, en Portugal sigue estando presente. Castilla es contemporánea de Portugal. Castilla decidió en su momento que su empresa era hispánica, lo que requería matrimonios y conquistas, pero Portugal optó por concentrarse en el avance hasta África, pasando por el Algarve, así como defender sus fronteras con uñas y dientes.

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Finalmente lo que la Historia caprichosamente parió es una Hispania española y otra Hispania portuguesa. España quedó castrada atlánticamente y Portugal castrada mediterráneamente. Portugal fue el último reino cristiano hispánico/ibérico en independizarse con éxito, fue el primer Estado-nación peninsular que transitó desde su unidad absolutista hasta su concepción de nación moderna, también con éxito porque hoy todos sus ciudadanos se sienten portugueses.

Los caprichos de la historia determinaron que de los tres grandes reinos católicos ibéricos (Portugal, Castilla y Aragón) quedaran dos. Los Reyes Católicos pudieron haber sido de Castilla y Portugal, como el caso frustrado de Juana la Beltraneja, o entre Aragón y Portugal, entre los cuales también hubo matrimonios. Si me permiten la ironía, todo hubiese sido más fácil con un equilibrado matrimonio a tres. Posteriormente el desequilibrio entre España y Portugal, determinó la política defensiva del segundo.

La excepción histórica fue la Unión Ibérica (1580-1640). En sus comienzos contó con el apoyo de la nobleza portuguesa pero finalmente se impuso el espíritu centrífugo atlántico, en línea con Inglaterra, frente al centrípeto continental-mediterráneo. Es lugar común decir que faltó visión estratégica para establecer en Lisboa la capital del Imperio español, para así convertirlo en un Imperio más representativamente ibérico/hispánico. Finalmente se consumó la segunda independencia, la primera contra Reino de León y la segunda contra la Monarquía Hispánica. Por tanto, no fue una independencia nacional moderna contra la Nación Española, sino una Restauración monárquica portuguesa frente al centralismo absolutista castellano, es decir: una recuperación de la soberanía del soberano portugués, aunque éste fuera de una nueva familia real y tuviera la protección inglesa. Y tiene un significado histórico nacional muy importante, aunque sea a posteriori, dado que se trata de una independencia del Imperio luso, con su lengua y tradiciones, frente al Imperio español/castellano, con su lengua y tradiciones. Esta fue la base del relato del nacionalismo portugués en torno al peligro castellano/español, que lamentables conflictos bélicos posteriores se encargaron de corroborar dicho relato y de acabar con todo intento de acercamiento.

Portugal es una historia de éxito nacional, sin embargo cuando se enfrenta al espejo ibérico: se siente descolocada. Vive en una dicotomía. No sabe si identificarse con Cataluña, ‘aliada’ contemporánea contra la Unión Ibérica absolutista, o si ponerse los galones de la dualidad estatal ibérica, representada en la firma del Tratado de Tordesillas entre el Estado occidental ibérico portugués y el Estado oriental ibérico español. A saber, el Estado portugués es un Estado-Nacional férreamente unitario y centralista.

Lo más irónico de todo es que, para bien y para mal, Portugal representaría doblemente esas dos tendencias ibéricas/hispánicas: la separatista y la unitaria. Hoy en día Lisboa se configura como la capital con más capacidad y legitimidad para articular una unidad hispánica/ibérica cordial. Al fin y al cabo, el iberismo siempre representó la superación del absolutismo ya sea centralista o separatista.

“Somos Todos Hispanos”, sin duda es lectura obligatoria para todo iberista y amante de Portugal. Es probablemente la mejor contribución al iberismo cultural del siglo XX. Una oda al reencuentro de dos países que se necesitan para cambiarse y mejorarse.

Pablo González

Aquí tenéis el libro “Somos Todos Hispanos” (1988) en versión completa:  https://od.lk/f/N183NTcyMzQzOV9sZ3RGeA

A continuación os reproduzco dos de los capítulos más impactantes:

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